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El Diario El Nacional cumple 70 años comprometidos con Venezuela


Por Ramón Hernández

Hace 70 años el periodismo no era una carrera universitaria, tampoco la Ingeniería Petrolera, aunque hacía rato que los hidrocarburos eran la más importante fuente de ingresos de Venezuela. Empezaba a serlo la Economía y ya habían sido enviados algunos bachilleres al exterior a formarse en asuntos agropecuarios, pero la poesía, ni la académica ni la que se construye a golpe de tecla sobre la cotidianidad, aún no tenía cabida formal en los estudios superiores.

El país despertaba al siglo XX y no terminaba de limpiarse los oprobios de la larga, vergonzosa y sanguinaria dictadura de Juan Vicente Gómez cuando apareció el diario El Nacional, que significó un amanecer en el mundo de las letras, las artes plásticas, la cultura y la política en general. Aunque frente a la sede del periódico –un barracón de dos pisos que había sido casa de vecindad– todavía pasaban las carretas y las recuas de burro con la misma parsimonia con que lo hacían a principio de siglo, en la redacción se daba un salto al futuro: en lugar de sábanas de texto, sin fotos y organizadas al azar, se presentaban páginas jerarquizadas armónicamente, ilustradas con gráficos, dibujos, mapas y fotografías. En vez de narraciones engoladas, se publicaban noticias con todos sus atributos modernos, escritas con corrección y claridad, con sensibilidad que vibra, que se estremece, ante el paisaje, ante el suceso, ante las figuras humanas, y captan el dolor y las emociones. No son reportes policiales ni tratados sociológicos, sino prosa vigorosa, fuente de rebeldía en el fangoso tremedal de servilismo e indignidad. El diarismo cambió, también la profesión de periodista.

Hecho por poetas y escritores, el director era Antonio Arráiz y el buen uso del lenguaje fue exigencia desde el primer día. No sólo como una obligación con la gramática y el buen decir, sino porque –como lo escribió Miguel Otero Silva– “la clara voz de los poetas y de los artistas, la luminosa presencia del arte y de la cultura, es incompatible con el alma sombría de los tiranos”. Han sido intelectuales de todas las especialidades, expertos en los más variados oficios, quienes desde las páginas del diario siguen ayudando a que el pensamiento sea “ala libre y desplegada por encima de vientos y tempestades”.

Cuando la censura abierta de la dictadura perezjimenista dejaba su marca roja, como si de heridas se tratase, en las cuartillas de reporteros y colaboradores el diario encontraba la manera de que los lectores se mantuvieran informados, bien a través de informaciones que parecían inocuas y desatinadas o de artículos de opinión que ubicaban en el pasado remoto situaciones que se vivían a la vuelta de la esquina. El arte de escribir entre líneas requiere de expertos cinceladores del lenguaje y en la redacción los había por montones, literatos de alto vuelo que sabían a lo que se arriesgaban: cárcel, destierro o muerte, el orden de ejecución lo decidía el esbirro de guardia.

Así como hubo reporteros de sucesos que se adelantaban a las investigaciones policiales y encontraban primero que los detectives al autor del asesinato que escandalizaba a una ciudad todavía pueblerina, los hubo, como Germán Carías, que iban como presidiarios a las Colonias Móviles de El Dorado y narraban cómo era la vida y los sufrimientos en una cárcel en el centro de la selva, de la nada. Antes que ningún otro medio, El Nacional creó las páginas culturales, con José Ratto Ciarlo, y las científicas, con Arístides Bastidas, pero también las deportivas, las hípicas, las económicas y las de humor, con nombres como Rodolfo José Mauriello, Abelardo Raidi, José Chepino Gerbasi, Aquiles Nazoa y Kotepa Delgado.

La innovación ha sido parte de su rutina y ha asumido sus desafíos: hasta comprometió su existencia en el experimento de El Nacional de Occidente al adelantarse en el uso de tecnologías que necesitaban ajustes, y que es ahora, tres décadas después, cuando son parte de la cotidianidad. También fue vanguardia en la implantación entre sus redactores y editores del Manual de Estilo, que ante todo significa la preservación de una manera de escribir, que es su sello y garantía de calidad.

Sus páginas siempre han estado abiertas a la defensa de las causas justas, llámese democracia o derecho a huelga, pero también a la polémica y a la experimentación. Ningún periódico ha gastado más tinta y papel en debatir sobre las nuevas corrientes de las artes plásticas y la literatura, los desvaríos y trapisondas de las telenovelas, el destino de la investigación básica o la poca cobertura de las pólizas de salud, entre muchos otros temas, pero siempre con palabras que fuesen entendidas por los lectores.

El Nacional posee una escritura que lo acompaña desde el primer día y que no admite concesiones; que se fortalece y se ilumina con la creatividad, la imaginación y la pericia de sus colaboradores y redactores, como Ida Gramcko, Francia Natera, Alfredo Armas Alfonso, Oscar Guaramato, Miyó Vestrini, Salvador Garmendia, José Ignacio Cabrujas y Mario Vargas Llosa; que, sin falsas mojigaterías y sin traspasos alevosos de los límites que aconsejan la decencia y el respeto, usan el lenguaje con propiedad y lozanía. Es periodismo irreverente, que no teme que lo tachen de irrespetuoso, tampoco de tímido, cuando el interés de los lectores está en juego y debe defenderlo con el grito que estremece o el silencio gallardo.

En su lista de colaboradores han figurado grandes plumas de la cultura universal, pero también desconocidos que asombran con planteamientos ajenos al convencionalismo, con propuestas originales y descubrimientos sorprendentes en cualquier área del saber. Por naturaleza, reta el conformismo y lo previsible, pero sin despreciar la rigurosidad y el compromiso con las propuestas que atañen al progreso de la humanidad. No es periodismo inocuo ni complaciente, tampoco se vale del escándalo para compensar bajas en la caja registradora. Es periodismo comprometido, no un simple ejercicio de comunicación; se debe a la sociedad a la cual sirve y con la cual progresa, sin camisas de fuerza ni timideces.

La objetividad, un método científico para buscar la verdad, puede devenir –por intereses propios de la monetización y de la cobardía– en vulgar neutralidad que sirve para informar, sin estremecimientos, tanto de una guerra fratricida como de un concurso de belleza o de las propiedades del agua tibia. Habría que recordar que los periodistas, por genética, no queremos ser objetivos y que sí tenemos una intención, que es primera a todo y segunda a nada: nos hemos propuesto, sí, denunciar la justicia fraudulenta, liberar al preso inocente y defenestrar los gobiernos no democráticos. Por supuesto, los periodistas y los escritores con sus textos no encarcelan a los corruptos ni tumban regímenes autoritarios, tampoco pueden evitar la mala aplicación de las leyes. Su función es más efímera y más elemental, aunque de alto riesgo (se han convertido en objetivos militares y de turbas manipuladas): decir la verdad y lo que ocurre, sin que importe quién se disguste. El periodismo es un acto de coraje, que prefiere el corazón a la razón, pero que debe convencer con evidencias, con hechos.

No se trata de protagonizar, sino simplemente de asumir el riesgo de errar el tiro. ¿Se equivocó Emile Zolá cuando estremeció a Francia y al resto de Europa con su “Yo acuso”? ¿Le estaba prohibido protagonizar? ¿Se le puede acusar de montar un show o hay que agradecer que cumplió su cometido de rescatar la vida de un inocente? El periodismo, como la poesía y la literatura, no tiene una función social, es una función social por su naturaleza. Quizás ha pecado en la excesiva atención a lo irrelevante, lo intrascendente y lo fútil; también se le pueden señalar no pocas iniquidades y equivocaciones, y eso alienta a quienes pretenden condenarlo a la camisa de fuerza de la neutralidad, a la zoncera de la imparcialidad y a la mítica objetividad que trata con asepsia tanto al asesino como a la víctima. Eso puede llamarse cualquier cosa, pero no periodismo.

La historia de El Nacional está llena de pequeños y grandes riesgos, de denuncias de graves hechos de corrupción o de manejos contrarios a las leyes. Ha asumido que su papel no es callar ni alabar la pintura de labios de la denunciante cuando sus ojeras muestran las huellas de la violencia doméstica; tampoco es quedarse en la descripción del traje hecho a la medida, la corbata de fina seda italiana o el lujoso reloj, aunque puede ser parte de la trama, de lo mal habido. Ahora, cuando identificarse como periodista puede implicar ser víctima de un linchamiento, recibir algún cogotazo extraviado o atravesarse en la trayectoria de alguna bala, más ganas dan de mantenerse en su ejercicio. El compromiso no es con la pirámide invertida ni con la objetividad, sino con la dignidad y la libertad, el encabezado que más se acerca a la perfección y con el que empezó todo. No hay camino, se hace camino al andar.

 

INDIVIDUALES

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