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Ante la cama de hospital de mi hija en la ciudad de Miami

021

Por Germán G. Carías

 

El día en Miami estaba frio. Algo que no es frecuente para quienes residimos en el Sur de la Florida. Me levanté de la cama sigilosamente para susurrarle a mi hija en el oído, que había soñado con ella y que habíamos estado navegando en una lancha atravesando un lago. Ella me miró incrédula, y entre dormida y despierta, me dijo que le contara más.

Me dirigí hacia la computadora, para revisar las noticias a nivel mundial, pero mientras estaba absorto leyendo y releyendo, un sonido me sacó de mis pensamientos, y el eco molesto repiqueteaba en mis tímpanos. Corrí hasta el patio trasero, y unos gatos habían causado la caída de una maceta que yacía sobre un plato de aluminio, que todavía giraba en su propio eje cual trompo.

Irremediablemente ese sonido despertó a mi esposa, y a mi hija que luego de balbucear que le contara más sobre el sueño había caído rendida otra vez. Siempre aprovecho el silencio de las tempranas horas, para reflexionar sobre lo que voy a escribir, pero ahora tendría que esperar a las altas horas de la noche, en donde también encuentro una falta de ruido necesaria para el escritor.

– ¿Papi cuéntame que soñaste anoche?

– Primero no piensas saludar a tu Padre.

Mi hija me miró con esos bellos ojos que la caracterizan, me abrazó estremeciéndome todo y verificándome que Dios existe, porque no hay una cariño más puro que el de los niños. Luego se volteó, se sentó en el sofá, para que le comenzase el relato de mi noche con ella.

En horas de la tarde iríamos a la casa de unos amigos a celebrar, el hijo de uno de ellos había firmado con un productor musical, y estaba en camino de cumplir su meta de convertirse en cantante. No sé porque razón no estaba decidido a ir todavía, algo en mi me decía que debíamos quedarnos en casa.

Pero mi esposa y sobre todo mi hija estaban muy entusiasmadas con la reunión. Verónica es mi sexto hijo luego de dos fallidos matrimonios que dejaron cinco, soy la prueba viviente de que a la tercera va la vencida, ella ha demostrado a sus 5 años una gran inteligencia.

Nos dirigíamos a la parrilla, asado, o barbecue y decidí pararme a comprar algo para llevar, porque no me gusta llegar con las manos vacias. Así lo aprendí de mi Abuelo en nuestras interminables peroratas, mientras libábamos un coñac Le Panto, la cual era su bebida favorita, y cuando yo pretendía ser un hombre hecho y derecho con apenas 18 años.

– ¿Papi ya llegamos a la parrilla?

– Todavía no mi amor, voy a buscar algo y luego seguimos.

Retomamos el camino a la reunión y yo me sentía como en un sueño, era esa sensación de estar ahí sin estarlo, de caminar flotando o hacerlo todo en cámara lenta. Yo me encontraba como disperso, mermado,difuminado, o casi borrado. Todo mi ser estaba abstraído y en mi mente se veían imágenes, que pasaban en secuencia lenta como cuando uno veía aquellos proyectores de cinta Super 8, en las cuales recordaba vivencias con todos mis hijos.

Llegamos a la casa de los amigos y había mucha gente, era una familia numerosa y personas muy amables. En el patio trasero una mesa al aire libre, con un mantel color crema, llena de comida y bebidas, atrás del mesón improvisado con sillas, la parrillera que ya estaba encendida y de la cual brotaba humo sin parar.

Saludé a todos uno por uno, y como siempre terminamos hablando de política, por la difícil situación que atraviesa nuestro país Venezuela. Dos perros grandes correteaban por el jardín, y mi hija los acariciaba sin parar ya que le gustan mucho, Verónica siempre ha dicho que será Veterinaria y es algo que no dudo.

Todos comentaban de lo bella que era Verónica, y ella comía unos pasapalos sentada al lado de la Mamá, mientras yo de pie hablaba con la gente. De repente. Un grito que se quedará grabado en mi memoria, me hizo automáticamente voltear hacia donde estaba mi hija.

Solo alcancé a ver la cola de uno de los perros, y como el animal gruñía y ladeaba su cabeza, todos se habían quedado petrificados gritando, y vi el rostro de mi hija ensangrentado llorando. Ella me miró como diciéndome haz algo me duele, como si nadie existiera la tomé entre mis brazos, y me dirigí a mi vehículo para llevarla a un hospital.

Todos gritaban y decían cosas para ayudar, pero yo tenia claro lo que tenia que hacer, mi esposa estaba muy nerviosa y llorando y le pedí que se calmara. Mi amigo nos acompañó, y claro se sentía muy apenado por lo ocurrido, pero son cosas que pasan y no sabemos por qué. Había sido un accidente.

Bajé del carro y cargué a mi hija, mi amigo se encargó de estacionar el vehículo, corrí a la emergencia pediátrica, mi chaqueta y mi cara estaban llenos de sangre, el hombre que me atendió solo vio la escena y ni me dejó hablar. Al llegar a la habitación le dije al médico y al personal de enfermería, ayuden a mi hija soy periodista, pero no fue una amenaza es que no sabia que decir de lo nervioso que estaba.

Nos informaron que tenia que venir un cirujano plástico a atender a Verónica. Verla así sufriendo con sus ojos apagados me tenia destrozado. Al llegar el especialista nos pidió que le relatáramos como había ocurrido todo, y ni siquiera mi esposa que estaba al lado de ella tenia el motivo por el cual el perro la había atacado mordiéndole su cara.

Luego oí muchas versiones de la agresión del perro a mi hija, por la comida, por celos, por que se sintió incomodo con Verónica. Para mi simplemente el can se había convertido en mi enemigo al atacar de esa manera a mi bebé, aunque entiendo ahora que fue un accidente.

Nos explicaron como iba a ser la cirugía, y que iban a colocar a Vero en una tablilla para amarrarla, para que no interfiriera con sus manos. Dejaron que nos quedáramos a ver todo, me acerqué y le susurré en su oreja ensangrentada, que si se portaba valiente le regalaría una muñeca de “Doc Mcstuffins”, una veterinaria que es su delirio.

El médico primero colocó la anestesia en grandes cantidades inyectándola en la zona afectada, por supuesto eso le dolió mucho a mi hija pero su Mamá y yo no dejábamos de hablarle. Cuando el cirujano, Mark Broudo, comenzó su labor, que debo decirlo, me impresionó su pericia, las piernas me temblaban y mi pulso se aceleró.

El acero estaba atravesando la piel de Vero una y otra vez, y yo hubiese dado lo que fuera para cambiarme con ella, el personal que asistía la cirugía fue muy profesional, le pusieron la película de “La Bella y la Bestia”, le hablaban constantemente, y lo más importante nos permitieron apoyarla todo el tiempo.

El perro que mordió a mi hija es de la raza golden retriever, de tamaño grande quizás pesa unos 35 kilogramos, por lo cual en el ataque causó moretones en el brazo de mi hija.

Ahora que veo a mi hija nuevamente en casa, que me abraza en las mañanas y me dice que me ama, que la inflamación ha cedido y puedo ver casi sano su bello rostro. Le agradezco a Dios que no fue algo peor, y que no haya sido la mordida en su ojo o la boca. Por eso hija estar a tu lado en estas circunstancias me ha hecho admirarte más. Te amo mucho.

021

3 comentarios Escribe un comentario
  1. Carlos Díaz #

    Germán, primero felicitarte por ese relato tan bien logrado, y reiterarte desde que laboramos juntos que debes escribir libros. Segundo alegrarme ya que tu bella hija está mejor y porque tiene un gran Papá a su lado, un abrazo.

    1 marzo, 2013
  2. Alejandra #

    DE VERDAD QUE ME CONMOVIO LA HISTORIA DE TU HIJA. FELICITACIONES.

    1 marzo, 2013
  3. Jesús #

    Una historia conmovedora que nos hace querer mas a nuestros hijos.

    2 marzo, 2013

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